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27 de febrero de 2010

Cristina Villanueva ( Buenos Aires) y Laura Capella ( Rosario)


Dos voces, dos estilos unidos en una misma gota, una gota de rocío y adentró, guardada, para siempre despierta, brillante, dolorosa:

La Memoria

Los no del todo idos de marzo por Cristina Villanueva - Buenos Aires

Toda esta puesta en escena argentina me hace recordar las palabras de Hanna Arendt en el juicio a Eichmann: "Lo inquietante en la persona de Eichmann fue justamente que él era como muchos y que esos muchos no eran perversos ni sádicos sino terriblemente normales. Normales que dan miedo".

El día se va acabando. Cercano al comienzo del otoño cuando con belleza descuidada se desandan las hojas de su abrazo de árbol.

Hace treinta y cuatro años, pienso, la mañana del 24 de marzo caminaba Callao hasta que vi esa sangre, expuesta pero no nombrada.

Busqué la noticia en el diario, no estaba. Fue el comienzo de la unión perversa de la exhibición y el silencio. El miedo entonces fue un vestido compacto, todas las formas del miedo, aún las que nunca habíamos conocido.

El miedo a lo que no se nombraba, la amenaza que no era posible disolver con palabras. Tomaba cuerpo, era cuerpo. Dolor de la garganta que no habla.

Sueño que se escapa, pesadilla, desamparo. Ningún interior era posible, seguro. Alma expuesta, fractura de los símbolos, de la lógica, del pensamiento que no puede con lo impensable. Andar calles infectadas de uniformes, un verde repugnante, tan distinto al otro verde-vida. No se sabía qué era lo que te podía perder o salvar.

Ciudad dónde todo estaba sospechado, ser joven, vivir, pensar, vestir de cierto modo, juntarse, algunas profesiones, estudios, lecturas, libros, cuadros. En fin, todo lo que quería y era mío. Para ser o estar tranquila habría tenido que no ser, no desear la libertad, no soñar otro mundo, no pensar, no haberme metido "Hiroshima mon amour" adentro de la sangre, notomar café en La Paz, no caminar Corrientes entre librería y librería, en síntesis: NO. El miedo triunfaba aún sobre la tristeza. Si hubiera podido querer a los que enfermaban, destruían los signos vitales, enrarecían el aire. Si hubiera podido oírlos sin rebelarme, no darme cuenta de nada; hubiera esquivado el miedo, y esa sensación de desamparo, ese estar expuesta al capricho de un poder brutal. No pude, las manos del miedo tapaban la boca pero no los ojos.

Ese volcán estancado, interno, explotó una noche en cantos cuando esperábamos al día siguiente, el primer día de la democracia. Luego vino el llanto, lo acumulado se volcó en palabras y nos volvimos a adueñar de sentidos, sentimientos, sutilezas. Seguro que la memoria de la piel conserva ese terror.

En la presentación de un libro, los personajes de Ernesto Mallo de la novela "La aguja en el Pajar" estaban teatralizados y andaban por la librería, entre nosotros. Uno de ellos, un militar con su uniforme se puso a mi lado. Le pedí que se fuera. Ni en ficción los soporto. Porque hicieron real lo que tiempo antes sólo podía ser ficcional. Nos trajeron esa helada certeza de lo que puede pasar entre normales. Tantos, tan normales que desvían la mirada y dejan a las víctimas solas, desnudas.

Para Silvia Loustau

La primera página (Fragmento de Memoria de una mujer de fin de siglo) por Laura Capella - Rosario

Ella se dirige resueltamente al sector de la biblioteca que hace muchos años no abre. Es donde guarda apuntes, programas y monografías de su época universitaria. (...) desea saber con qué compañeros hizo la monografía de Psicología Social. Recuerda muy bien el cuestionamiento a la cátedra -entre tantas cosas que cuestionaban- y cuya materia terminaron aprobando con un programa elaborado por los alumnos, con Marx y Engels entre los autores recomendados en la bibliografía. (...) Era cuando se aprendía más en el pasillo que en las aulas, tal la frase consagrada para explicitar ese estado de cosas. (...)

Ella no recuerda bien quiénes fueron sus compañeros, por eso busca la monografía. La tiene archivada amorosamente en una carpeta envejecida por los años. (...) se emociona al ver esas hojas amarillentas, hechas fatigosamente en máquinas de escribir y con copias en carbónico... La encuentra. Es extensa, prolijamente escrita a máquina, tal como lo recordaba. Pero sorpresivamente descubre que no está la primera página. Una oleada de calor le sube al rostro, busca una y otra vez y la primera hoja no aparece, no está allí. De repente un recuerdo la invade: se ve (...) rompiendo en pequeños pedazos la primera página, la hoja en la que estaban esos nombres. Recuerda con viva emoción que lo hizo por si caía en manos de la represión militar, que lo hizo para cuidar de sus compañeros. Pero advierte que, sin embargo, conservó lo que la hubiera inculpado a ella: el texto.

Reflexiona que esa página perdida fue en realidad una página sustraída a esa mirada que se pretendía omnipresente. Esa sustracción fue un ¡No!, uno más de los tantos ¡No! que los mantuvieron vivos esos años. También fue un ¡No! el texto conservado. De pronto comprendió que cada uno había rescatado algo de las hogueras que oportunamente hicieron para salvarse. (...) Comprendió que esas hojas salvadas decían: No todo puede ser destruido. El amo no es omnipotente. Comprendió que tanto la hoja sustraída como las conservadas representaban la apuesta dirigida hacia el mañana, ese mañana que es este hoy todavía incierto.

Y se sintió nuevamente joven y segura de insistir en esa apuesta.



Gracias Cristina y Laura por sumar sus voces, que sé siempre comprometidas, a

sumarse al este número del blog. Va mi abrazo para ambas,

Silvia

4 de febrero de 2010

La Guerra Civil Española vive en Purmamarca(diario de una militante) por Silvia Loustau






…cuando Millán Astray tuvo la osadía de gritarle a Unamuno: ¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte! , en plena universidad de Salamanca supe que no quedaba otro camino: el de las armas. Yo tenía tan solo diesciete años, estudiaba filosofía, dibujo y pintura. Pues siempre había sido muy rebelde, desde pequeño, me aburría del catecismo y l os curas y me escapaba, tendría once años y me escapaba a jugar parchis * o cazar pájaros, con otros chavales. Hasta que un día mi madre me encontró y me arrastro de las orejas delante de todos. Si, pues siempre me gustó el arte. ¿Que donde nací? Nací y me crié en Alba de Tormes, no muy lejos de Salamanca. Yo quería ir a la ciudad, y me conseguí un conchavo en el hostal de unos amigos de mi padre, cambiaba casa y una comida por la limpieza. Así entre en la Universidad…pero, claro, ya militaba, como dicen ustedes. Estaba con los anarquistas desde que tenía 15 años. No bien llegué a la ciudad me uní a ellos. ¿Así que tú Mariana hiciste lo mismo, ¿ En cuanto llegaste a la Universidad, ¡pum! de cabeza la política. Es que es la única manera de hacer mejor este mundo, si tu no ocupas el lugar te lo ocupa el enemigo. Pero era un buen estudiante y me pagaba aparte, con gran sacrificio clases de pintura con un excelente maestro. Si, si, ya antes de la guerra presente algunos cuadros. ¡Hasta me compraron uno! Ven, José, que te sirvo un poco más vino y come, que está bueno el jamón casero. ¿Y sabéis que hice con el dinero del cuadro? Me compré una Browning ¿Sabéis que es, verdad? Claro que era buen tirador, desde niño acompañé a mi padre a cazar. Y bueno, la cosa se fue endureciendo de a poco, suponte, de pronto en algunas cátedras venía la Guardia a Civil a vigilar las clases. y luego, pues ; el alzamiento, el 17 de julio de 1936 los militares más conservadores del Ejército se levantaron contra el gobierno de la República, les aseguro que aun veo los titulares de los diarios. Esas cosas nunca se olvidan ¡Maria Emilia lleva esos niños dormir! Y al día siguiente, 18 de julio, el levantamiento se extendió por toda España. Y que queréis, creo que a los quince días estaba en Barcelona… había que defender la República; y me uní a las Milicias Antifascistas, que estaban comandadas por el anarquismo. Mira Mariana, quizá estuve cerca de tu abuelo ¿eh? Les aseguro que la capital catalana era el sueño de cualquier anarquista, la pudimos controlar completamente, siempre fieles a nuestros principios de justicia y libertad. ¿Qué si llevaba mi cámara fotográfica? Pues claro, no sólo tomaba fotos pensando en una libro futuro…No, hombre, que voy a tener alguna foto. Todo perdido, ojalá que vosotros no tengáis que vivir la perdida de todo; y digo todo, quedarte sin tu pasado, ver caer tus camaradas ;sólo vestido con lo que tienes y tus ideales .Y hasta ayudé en la filmación de una película. Si, si en plena guerra. Pues a Barcelona llegó la Delegación de Asturias, impulsaban la realización de documentales, dejar testimonio es importante, recuérdalo tú, Mariana, que escribes. Filmamos un día que cada cuarto de hora venía un bombardeo, aviones alemanes y algunos españoles; ayudé con las cámaras. Si, sí, la finalizamos, la película se llamó Barcelona bajo las bombas, luego cuando estuve en Francia me enteré por unos camaradas que se había estrenado .No, José, no se cuándo ni donde. Quizá algún día alguien se encargará de buscar estos testimonias y rearmar la historia. Recuerden que tener memoria, y poder testimoniar es un acto de militancia, hay que poner en ello tanta pasión como en la lucha cuerpo a cuerpo, es otro tipo de lucha¿ entienden? pero necesaria, porque se recompone la memoria de la sociedad. Así la cosas España quedó dividida y yo creo que la división se extenderá en el tiempo. Luchábamos, pero de la derecha crecía el terror, no saben ustedes lo que es vivir bajo el terror y ojalá no lo conozcan; los gobernadores civiles o militares simpatizantes del Frente Popular fueron fusilados. La misma suerte corrió aquellos que se habían declarado en huelga durante el inicio del alzamiento. La represión fue un acto político dirigido por militares que, viendo fracasado el golpe, se dispusieron a tratar de invertir la situación creada por el estallido de la guerra civil. Su cabeza principal, el general Mola, ¿así que tu abuelo ya te había contado de es monstruo, Mariana? ese hijo de puta declaró: “es necesario crear una atmósfera de terror, tenemos que causar una gran impresión, todo aquel que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado”. Claro, es como tú dices, José, entre ellos estuvo García Lorca y tantos intelectuales, estas mierdas les temen a los intelectuales...está bien Maria Emilia, déjame putear al menos, tú no viste caer a tus amigos con una bala en la frente y seguir en la lucha sin poder llorar. Trae otro vino, Maria Emilia y prende más velas. Miren, por poner un ejemplo, durante las primeras semanas se llevaban a cabo los fusilamientos de cuarenta presos republicanos diarios en las afueras de Valladolid. Los autores de estas atrocidades solían ser la mayoría miembros del Ejército y de la Guardia Civil y también contaron con el apoyo de los vecinos traga hostias. Si, algo se del fusilamiento del tal Aramburu; me gustaría leer la carta que tu mencionas de Valle antes de ser fusilado, Mariana, quiero que me la envíes por correo. Si, pues tengo una casilla de correo en Jujuy, una vez por semana voy por mis correos y los diarios que recibo. Claro sí, las mujeres, al menos entre nosotros los anarquistas, pelearon a nuestro lado, y quienes no querían tomar las armas, había otras tareas para realizar. Nosotros nunca hicimos esa división entre el hombre y la mujer, son nuestras compañeras de vida ¿no lo crees así, José? Ven acerca tu vaso y coman de este queso de cabra, ponle pimienta y verás como sabe. ¿La caída de Barcelona, Mariana? Serás, serás una buena militante, tu abuelo echó buen a semilla en ti. Sólo con decirme que cantabas el Ejercito del Ebro cuando niña, ya me doy una idea…anda cantemos juntos

Aunque me tiren el puente
y también la pasarela
me verás pasar el Ebro
en un barquito de vela.
Diez mil veces que los tiren
diez mil veces los haremos
tenemos cabeza dura
los del Cuerpo de Ingenieros.
En el Ebro se han hundido
las banderas italianas
y en los puentes solo quedan
las que son republicanas.

Y la caída de Barcelona, pues que aún siento el frió en mis huesos, era enero, nevaba, teníamos pocos víveres, ya - Un veintiséis de enero… sabéis, en esa fecha voy a Jujuy compro veintiséis rosas rojas y las pongo bajó el ombú en el que descansó Belgrano. ¡No, no me interesa lo que piense nadie, es mi vida! Bueno, ese día, ese maldito día, las tropas franquistas alcanzaron el río Llobregat a las afueras de Barcelona y el gobierno republicano huyo a Gerona; algunos milicianos intentaron defender la ciudad mediante barricadas pero que harían nuestras barricadas contra los tanques; al mediodía, las tropas de la falange entraron al centro de de la ciudad y la ocuparon, no hallaron resistencia.
Luego pasé a Francia…pero esa es otra historia que ya os contaré. Será bueno que descansemos un poco, mañana iremos en mula a las cuevas a ver arte rupestre. Que, si Mariana, que conozco bien el camino, voy cada quince días a tomar apuntes de los dibujos, anda que vas a tener temor a andar en mula cuando serás una miliciana de tu patria.

*Purmamarca,pueblo en Jujuy a 2068 a kilómetros desde La Plata

12 de diciembre de 2009

Maria Mombrú, madre de poetas, utópica luchadora, por Silvia Loustau



Maria fue poeta, cuentista y autora teatral. Nació en Resistencia, provincia de Chaco. A los 20 años se afincó en La Plata, de cuya Universidad egresó como profesora de Letras; Maria fue una de las brillantes profesoras con que contó la facultad de Bellas Artes. Su obra teatral "Las señoritas vecinas" obtuvo el Premio Losange y su libro de cuentos "América para los americanos" el Premio estímulo o publicación en el concurso de Casa de las Américas en 1963.
Maria fue sancionada por el Plan Conintes; echada de sus cátedra en la universidad en la noche de los Bastones Largos, pero no se doblegó jamás, ni hizo de estos actos de injusticia una bandera. Siguió escribiendo, sobrevivió dando clases particulares.
Corría el año 1971, yo cursado el segundo año de la universidad, Maria tenía un programa en Radio Provincia de poesía y cultura, ese programa era una cita obligada de muchos de nosotros, quienes hacíamos los primeros pasos en la escritura y la militancia. Con el empuje de José, mi compañero, le dejé a Maria un sobre con poemas en la Radio. A los quince días conversaba con ella frente al micrófono. Creció una amistad, su apoyo, dio a conocer mi nombre, como el de Néstor Mux, Osvaldo Ballina y tantos otros.
Recuerdo su casa, frente al Hospital Español, su enorme mesa de trabajo;
su té con miel preparado con cariño antes de salir para la radio (pues después colaboré con ella); sus bronquios sibilantes por el asma; el limonero del patio trasero ; las largas, largas charlas; su compromiso político siempre. Hay una imagen que no se borra, está fija en mí, una foto del alma:
Maria, alta, con su poncho colorado, en su mano, enrollada, una pancarta enorme, el caminar agobiado por la pena: era el 20 de Junio de 1973.
Esa mujer que escribió, entre otros: Réquiem para mi corazón, con un toque prevertiano; esa mujer, de quien, todos los años se representa su obra: La muerte de un taxista; esa mujer que volvió a las aulas de Bellas Artes con la cabeza alta y amada por sus alumnos; esa mujer fue una de mis maestras/madres en este asunto de la poesía.

No olvidarás... a 70 años del fin de la Guerra Civil Española


Testimonios de la Guerra Civil Española


Recuerdos por Harmonie Botella Chaves


Harmonie Botella, profesora agregada de francés, publicó su primer libro: Ojos que no Ven, en 2002. Su segundo libro: Otros Caminos, prologado por Enrique Cerdán Tato, es una abanico de cuentos y poesías. Más tarde, en 2005, publica una serie de retratos de mujer en su obra: Algunas Mujeres (Ed. Celya). En el 2006, escribe unos cuentos infantiles: Cuentos para Rubén y Malena (Ed. El Taller del Poeta) a beneficio de la ONG Pequeños Príncipes. Ha participado en diferentes antologías: Mucho Cuento (Ed. Tucumán), Relatos urbanos (Ed. Ecu), Voces de Periferia (Ed. Belgeuse)... Además de sus cuatro libros, Harmonie tiene varios artículos, cuentos y poesías publicados en diferentes revistas y periódicos: Le Français dans le monde, Pacomova, Voces, Baquiana, Webalia, El Celador, Mucho Cuento (Ed. Tucumán), Club de Libros, Mecenas, Frutos del Tiempo, Xaloc, Cervantes Virtual, Auca, The Big Times, Destiempo, Mundo Cultural Hispano, Perito... Colabora con algunos periódicos: La Illeta, Vega media Press... Actualmente, es presidenta de la Asociación de Nuevos Escritores de El Campello (Anuesca), miembro de la Asociación Española de Escritores y Artistas de Alicante, de Poetas del Mundo, Poetas por la Paz, colabora con la comisión cívica de Alicante, dirige la revista literaria: Xaloc

Mi abuela murió en Marzo del dos mil. África Benitez se llevó con ella los recuerdos de su marido, el anarquista José Chaves Almagro, y los de toda esta pobre gente que murió en los campos de trabajo de Argelia o la que nunca pudo volver a España.
Al huir de Andalucía, después de la guerra civil, se les atribuyeron a mis abuelos crímenes perpetrados en Ronda. Para los que tuvieron la suerte o la desgracia de quedarse en su tierra era mucho mejor que fuesen condenados a muerte los que no estaban, los que habían podido refugiarse en otro país para escapar del trágico destino que les esperaba en cada instante, en cada lugar.
Los primos y tíos de mi abuelo no pudieron marcharse, ni vivir en Andalucía. Por despedirse de mi abuelo fueron fusilados.
Mis pobres abuelos no mataron ni a una mosca y mucho menos a ningún cura, a pesar de los rumores, o verdades, que corrían sobre los anarquistas.
A raíz de los escasos datos que me dio mi madre, hará ya varios meses, empecé a dirigirme a diversas asociaciones, archivos, bibliotecas para reconstruir un espacio de tiempo que no aparecía en ningún manual de textos, en ningún programa de televisión. El exilio, los campos de trabajo en Argelia no existían. Era como si una mano negra les hubiera borrado del mapa.
Hablé con varias personas mayores, de estos buques que salieron de Alicante el veintinueve y treinta de Marzo de mil novecientos treinta y nueve, con destino a Méjico, y fueron desviados hacia Argelia por la flota francesa. La mayoría desconocía el hecho. Los otros me comentaron que en esos barcos huyeron los asesinos de guerra, los pudientes, los ladrones con las joyas y oro que habían robado.
Mi familia materna no recuerda ni asesinos, ni ladrones. Era una familia corriente que en mil novecientos treinta y seis vivía en una casa de Ronda. Mi madre recuerda sus juguetes, una habitación muy grande , que debía ser la sala común o salón, y al final de la casa una cuarto negro donde sus padres colgaban el jamón, una cocina muy clara que daba a una calle llena de alegría y de ruidos. Todas las habitaciones tenían unos barrotes al igual que las de las otras casas.
Volvimos a ver esta casa, unos treinta años después. No tenía ningún parecido a la de los recuerdos de mi madre…era y es actualmente un bar.
Mi madre me contó que a principios del treinta y seis los fascistas empezaron a buscar a mi abuelo para detenerlo ya que solía reunirse con un grupo de anarquistas. Fue encarcelado durante meses en Santa-Maria. Cuando volvió a Ronda coincidió con las manifestaciones de la Calle de la Bola contra los fascistas. Estos últimos aprovecharon la presencia de mi abuelo para acusarle de haber matado a seis curas en el puente del Tajo (olvidaron los fascistas que cuando murieron dichos curas, mi abuelo estaba aún entre rejas…)
Pero mi abuelo era un personaje que urgía detener y fusilar: tenía la responsabilidad del tesoro de los anarquistas de la región ….y le tocaba a mi abuela esconder el botín.
Antes de marcharse entregaron el tesoro a la C. N .T porque mi abuelo estaba seguro que lo arrestarían enseguida y lo fusilarían. Cuando salieron de España, sólo pudieron llevarse consigo la bandera negra y roja , bordada con letras blancas de la C. N. T que mi abuela tuvo que transformar posteriormente en ropa interior para no ser detenida .
No pudieron llevarse nada más que una miserable maleta de ropa… que perdieron o les robaron durante el camino.
No eran ricos y no tenían ni una maldita joya que pudiesen cancelar contra un poco de comida…como hicieron otros.
Estalló la guerra y se escaparon. Anduvieron ocho días y ocho noches. Bebieron agua de las acequias y comieron lo que les daban los milicianos. Sufrieron los bombardeos por un lado (los barcos) y por otro (los aviones). Todo era un estallido infernal y mortal. Los niños gritaban y lloraban solos por la carretera, sin padres, sin hermanos, sin entender lo que ocurría.
En Almería, los bombardeos iluminaban la noche. Era el cataclismo final.
Arrastrándose por esos senderos cogieron sarna y mi abuela tuvo que frotarles la piel hasta que sangraran.
Por fin, llegaron a Alicante. Una tregua en su huida hacia la libertad.
Empezaron a ”vivir” en unas cuevas del barrio de San Gabriel hasta que pudiesen alojarse en una casita. En el setenta y seis o setenta y siete, dando una vuelta por el barrio de San Gabriel, mi madre nos comentó tener un recuerdo muy agudo de una bomba que estalló cerca de la casa donde se alojaban… Y unos segundos después llegamos hasta el hueco dejado en la tierra por el artefacto… cuarenta años más tarde. Al lado de la profunda huella dejada en la tierra se encontraba la casa donde habían vivido. Estaba intacta… pero también transformada en bar. Hablamos con la dueña del establecimiento y después de explicarle lo relatado anteriormente… sacó unos recibos de luz del año setenta y seis que se seguían pagando aún a nombre de mi abuelo.
Aunque parezca inverosímil la historia va dejando su huella y nos permite remontar hasta acontecimientos lejanos.
Gracias al empleo que consiguió mi abuelo, era conductor de ferrocarriles, pudieron empezar a comer de nuevo y llevar una vida normal, dentro de la anormalidad de la guerra. En el treinta y nueve mi madre tenía casi diez años y recuerda muy bien que dieron permiso el ventinueve de Marzo a los mujeres y a los niños para embarcar en el Africa –Trade. Separaron a las familias.
Mi madre siempre creyó que mi abuelo salió de Alicante a los quince días, pero rebuscando en los libros de la biblioteca Gabriel Miró, constaté que los franquistas tomaron el poder el 30 de marzo, fecha en que partió el último barco, el Stanbook, donde iba embarcado mi abuelo.
Las mujeres y los niños salieron hacía Argelia… y los hombres quedaron en el embarcadero.
Desembarcaron en Ténès ya que en Oran las autoridades no les dejaron bajar. Fueron primero encarcelados por los gendarmes como si fuesen criminales … Después de una revisión medica, donde se les desparasitó (para eliminar los piojos y otros animalitos de compañía semejantes) y se les mandó a los campos de refugiados.
En unos barracones vivían varias familias. Dormían sobre la paja…y estaban vigilados por unos senegaleses y sus pesados fusiles. De vez en cuando, sin ton ni son, daban una orden y los mandaban a otro campo de refugiados, a otro barracón.
Las mujeres no trabajaban pero tenían la obligación de tejer para los militares franceses que combatían contra los alemanes. Fue así como mi madre con diez años de edad aprendió a hacer punto… y a ganarse la vida. Por cada prenda, los franceses regalaban un ovillo de lana a las mujeres.
Por fin en mil novecientos cuarenta, los refugiados fueron liberados y mandados a familias francesas de acogimiento que intentaron ayudarles. La Cruz-Roja dio noticias de los familiares que el exilio separó y mi abuela se enteró que su esposo estaba internado en Colombéchar y empezaron a escribirse. Supo que los refugiados de este campo estaban utilizados como mano de obra para construir la línea de ferrocarril: Mediterranea- Niger. Mi abuelo, al ser el conductor del tren, fue entrevistado por una periodista francesa y salió su foto en un periódico francés, ¿ pero cual?. ¿ Se hablaría en este articulo de las humillaciones, del sufrimiento moral y síquico de los exilados?
En Diciembre del cuarenta y siete, mis abuelos se marcharon a Marruecos como otros numerosos exilados. Allí mi madre conoció a mi padre y otra parte de la historia de estos españoles acogidos por uno y rechazados por otros.
Aprendió, por ejemplo, que el enfermero-mayor, Milán, escondía en su casa a la familia Vivas que guardó los archivos de los Españoles en Marruecos antes de que se les ayudara a huir hacia Venezuela.
El teniente coronel Mera, que ganó la batalla de Teruel, comía en casa de mis abuelos paternos (J. y M. Botella) y durante el resto del día y las noches se escondía en la terraza para que nadie lo descubriese.
En mil novecientos cincuenta y seis, un poco antes de la independencia, la familia Chaves tuvo que huir una última vez hacia Francia donde empezó de cero una y otra vez.
Cuando relato la historia de mis abuelos, recuerdo muchas veces los textos de Borges. La historia es un circulo. Las vidas son un circulo. Nací en Marruecos, me eduqué en Toulouse y vivo en la provincia de Alicante donde mis abuelos se escondieron durante casi tres años. Mi hija mayor, nació en Francia, se educó en Alicante y vive actualmente en Toulouse. Espero que mi hija pequeña que vio el día en Alicante no le dé por irse a vivir a Marruecos o a Argelia. A lo mejor se marcha a Ronda a vivir en la calla La Bola…
A partir de los recuerdos de mi madre investigué todo lo que estaba a mi alcance. Pocos comentarios sobre el tema. Seguí consultando otros estudios sobre el exilio y los campos de trabajo, No encontré nada que hiciera referencia al campo de Colombéchar donde mi abuelo estuvo recluido para construir la red del ferrocarril Mediterranea-Niger. Escapó de este campo el mismo día que entraron las tropas americanas y fue enseguida detenido por la policía francesa y encarcelado en Blida, donde mi madre iba todos los días a llevar la comida.
Ningún indicio tampoco del campo de refugiados de Ténés donde vivían mi abuela y sus hijos. Mi abuela solía contar que era la mas madrugadora de todas las mujeres, . Se levantaba muy pronto e intentaba buscar alguna flor para prenderla de su largo cabello.
Lo que estoy relatando no tiene, supongo ningún valor científico ni histórico. De momento solo pretendo dejar una constancia material de lo que nos transmitieron verbalmente mis abuelos, mi madre, mis tías, hasta que descubra algún estudio sobre este exilio en Africa del Norte.
Hace unos días, una gran amiga mía me puso en contacto con un señor mayor que salió de Alicante en el Stanbook y fue retenido en Colombéchar. Con mi abuelo.
Este señor que se llama Manuel Benavente me contó, que gracias al señor Llopís, de la Diputación de Alicante, embarcó en el Stanbook, cedido por Léon Bloum para ayudar a los socialistas y anarquistas a huir del fascismo.
Manuel Benavente me dijo que un amigo suyo, el general Moroto se negó a subirse en el buque y fue inmediatamente fusilado. Manuel, para no ser reconocido, tiró su documentación al mar, y a las once menos cuarto, se integró al grupo de todos estos españoles, al cual pertenecía mi abuelo. Creían alejarse de la pesadilla fascista e iban a integrarse mas adelante en la pesadilla del destierro, de los campos de trabajo forzoso.
El barco llegó a Oran y Manuel Benavente entendió que los militares lo dirigirían mas adelante hacía Boghari, el peor de los campos de Africa del Norte. Se hizo pasar por moribundo. Lo dejaron, pensando que su muerte era cercana.
Los Franceses creyeron que se recuperó por arte de magia. Como era un hombre culto, deportista, le encargaron varias tareas que le permitieron escapar de estos duros trabajos, de estos castigos corporales, de la humillación.
Por su don de palabra, su cultura, Manuel se ganó la confianza de la delegada de Pétain en los campos de trabajo. Le asignó varias tareas: una de ellas fue organizar una selección de fútbol española que ganó un partido contra Argelia.

Como Manuel se fue con lo puesto y poco a poco le invadieron los piojos, una mujer, Rosa Gardel le dio una chaqueta en la cual encontró, unas semanas después, una cajita, que contenía un sello de la Presidencia del Gobierno. La entregó a la C,N.T.
Algún tiempo después, el propietario de la chaqueta, un tal Paquito , le preguntó si no había encontrado algo en uno de los bolsillos. Manuel le contestó que no. Fue a partir de ese momento que entendió que el tal Paquito pasaba a los exilados de Oran a Marsella previo pago del papel y sello que les proporcionaba.
Benavente se incorporó en la segunda compañía de Colombéchar y trabajó en el hospital. Ahí, prometió a Vicente Manuel que compondría una obra para todos estos españoles que marcharon de España.
En mil novecientos cuarenta y uno, huyo con un compañero, Sala, y llegaron a Huerfa. Vestido como un árabe llegó a Ourda y contactó con el anarquista Sánchez. Durmieron en casa de una señora que se llamaba Brigida y entablaron relación con otro anarquista: Mera.
Como la historia da tantas vueltas me estoy preguntando si este Mera no podría ser el mismo que escondió mi abuelo paterno-Por fin, Manuel Benavente llegó también a Casablanca y se le pidió ayudar a los aliados y enemigos del fascismo ayudando a los heridos en el hospital. Cuando finalizó la segunda guerra mundial, Manuel Benavente dirigió el Comptoir Continental en Casablanca. Llegó la independencia y como muchos europeos se refugió en Francia.
De esta vida de miseria, de huida, de dolor, de recuerdos amargos dan constancia numerosos estudios y libros cuyos títulos he recopilado a lo largo de varios meses y conservo por si algún periodista o historiador desea transformar estos recuerdos en historia de la humanidad.
En uno de dichos estudios, en la revista Canelobre, del Instituto Gil-Albert de Alicante, he leído que después que el coronel Mera deje Argelia, desaparece su rastro, hasta que sea detenido en Casabalanca. Pues , señores historiadores, Mera, estaba escondido en Casablanca en casa de mis abuelos paternos.

Este hecho es también un recuerdo que al día de mañana se transformará en realidad.

4 de noviembre de 2009

Esa boca por Julio Cortazar

De el Cronopio Mayor ya no hay nada que pueda agregar, sólo mi admiración incondicional, como escritor, porque vivió incendiándose, porque se comprometió con Cuba, con el Chile del Chicho Allende, con Nicaragua, con su país, a quien un presidente no recibió, con las Madres. Julio es otro inolvidable e imprescindible hoy tenía que estar.


Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.


Capítulo 7 de: Rayuela

El crepúsculo o la última batalla de una diosa por Cristina Villanueva




El espacio se cruza de agua y de sonidos, y el sabor de lo perdido que vuelve.
La lluvia abrillanta el olor de las flores. Hay un sueño a punto de aparecer y un antiguo color.
El fuego irradia hasta invitar a lo íntimo.
Besos errantes, paseo por el tiempo y una casa en el mar con chimenea.
El fuego inventa imágenes. Sol que se retira, pero antes de hacerlo, despliega una revolución roja en el cielo. La violencia de la belleza.
El crepúsculo es la última batalla ardiente... La firma de un dios que no se rinde en la hoja celeste o será diosa con sus colores cambiantes. Una diosa todavía inocente con los bolsillos que se abren y desparraman sus hogueras brillantes. Una diosa sí, dios es perfecto y se murió por nosotros me dijeron, pero una diosa vive y saltan sus chispas vitales a chorros imperfectos.

Cristina Villanueva- Buenos Aires
Cris,gracias!

3 de mayo de 2009

5 de abril de 2009

Recordamos Malvinas

Juan López y John Ward por Jorge Luis Borges



Les tocó en suerte una época extraña.

El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.

López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.

El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.

Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.

Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.

El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

Narrativa de Osvaldo Picardo

Sfumato

Por Osvaldo Picardo ( director de la Revista La Pecera)

…se empezó a pintar con el nombre Retrato de dama, tal vez Henri James lo tuvo presente cuando escribió su novela. Pero, nadie lo llama así. Ese título lo borró la fama. Hay finísimas y pacientes capas de pincel con que se logra el efecto del sfumato. Recuerdo los detalles casi de memoria...
Así empezó su historia aquel hombre, medio borracho, que se había colgado de mi brazo para caminar por la ribera del Sena. Era sorprendente que tuviera cerca de noventa años y aún pudiera coordinar magníficamente el alcohol y las palabras.
... el sfumato –continúo diciéndome- es la clave para copiarla sin que pierda esa mirada impresionante...Vio que acecha, que es una mirada que desde cualquier ángulo, mira al que la mira. Sí, ella nos sorprende de golpe, pero no es que esté solamente mirándonos desde su inmovilidad de siglos, con las manos encimadas, y sobre todo, con una sonrisa apenas recíen esbozada. No, querido amigo, es otra cosa...
Este hombre con acento italiano parecía estar a punto de hacer una confesión. Seguramente se trataba de una confesión que había ya hecho muchas veces a otros muchos turistas, que como yo se encontraban mirando ese cuadro en el famoso Museo. Pero el rito de la memoria y del hábito terminan por acomodarse hasta que no difieren el uno del otro. El italiano me miraba como ese cuadro que nos miraba. Y dijo:
...¿Leyó Usted el Retrato Oval de Poe? Ah! La vida, sí señor. La vida arrancada por el arte. Eso es el efecto que nos produce. No es que nos esté mirando si no que la muy hija de puta nos dice que está más viva que nosotros...¿Me entiende? No todos los artistas que vinieron después pudieron soportar esto. Algunos no tuvieron más remedio que hacer sus copias y, como Duchamp, añadirle barbita y bigote a una postal barata, con una inscripción debajo: elle a chaud au cul, o sea ella se sonríe porque tiene el culo caliente...
El viejo me había salido al encuentro en el salón Carré, donde estaba esta pintura que fue pintada en 1503 por Leonardo Da Vinci. Exactamente. La Gioconda o Mona Lisa. Por el viejo pude saber que no sólo sufrió retoques y retoques sino que comenzó desde entonces su laberinto de historias y sospechas. Cassiano del Pozzo y el pintor Vasari identificaron a la modelo como Lisa Gherardini, casada con Francesco Bartolomeo del Giocondo; pero, según me iba explicando aquel desconocido, fue un tal Antonio de Beatis, amigo de Leonardo, quien cuenta que oyó que se trataba de “cierta dama florentina hecha del natural a petición del difunto Magnífico Juliano de Medici”, quien la devolvió a Leonardo cuando se casó con otra mujer, que por cierto debería ser muy celosa...
El aire del río comenzaba a ponerse frío. Lo denuciaban los gorriones y el ruido de los autos y de la gente que se apresuraba hacia sus destinos. Aparecía ante mí la típica postal de París, con el Louvre detrás. El viejo, sin embargo, no parecía querer irse ni terminar de una vez su confesión. Era evidente que además de servirme de cicerone por el museo -“a muy bajo precio”-, disfrutaba de esa repetición de la historia con que acompañaba los comentarios de las obras maestras. Supe muchos años después, que el viejo no murió de viejo. Vivió hasta los 102 años y lo atropelló un coche cuando, a las puertas del Louvre, se disponía a atrapar otra víctima de sus historias sin fin. Con la noche encima y una llovizna fría que empezaba a molestar, decidí invitarlo a comer un locro en un bodegón de unos amigos bolivianos.
El exilio ha forjado rinconcitos de nostalgia gastronómica, microcosmos de olores y sabores, de sonidos hechos para la lágrima fácil y la canción compartida. Son grietas abiertas en los mapas de las ciudades más extrañas donde han ido a parar los desterrados de Quiroga y los descolocados de Cortázar. En uno de esos agujeros caímos los dos, para que Doña Cervina hiciera la mueca de disgusto argentinofóbico con que siempre me recibía, esto antes de aceptarme entre sus huéspedes una vez que lográbamos llegar a un acuerdo sanmartiniano de patria grande y libre. El viejo italiano, a no ser porque había conocido a otro argentino en otras épocas de gloria y aventuras, nada entendía de estas ríspidas beligerancias diplomáticas de sudamericanos. Y poco le importaban. Por eso mismo, siguió con su historia, mechada de datos y anécdotas. Me explicó que hay numerosas copias e imitaciones de este cuadro famoso, que las mejores copias están en el Prado y en los Museos de Munich, Baltimore, Tours y Bourg-en-Bresse...
Entrada la noche, con el locro calentándonos las tripas, nos despedimos con un apretón de manos y el intercambio de direcciones. Su nombre, que en ese momento me pareció irrelevante, fue una sorpresa increíble pocos años después, cuando el mismo amigo boliviano que me avisó de su muerte, me contó la otra parte de la historia. Se llamaba Vincenzo Peruggia.
Al parecer, un argentino autodenominado Marqués de Valfierno, socio de un anticuario y restaurador francés, Yves Chaudron, se dedicaban en Buenos Aires a pintar falsos “y asequibles” Murillos que vendían a viudas acaudaladas. Pero fue en París donde Valfierno y Chaudron planearán su golpe maestro. Chaudron iría al Louvre, donde copiaría la “Gioconda”, de acuerdo con la normativa del Museo, a un tamaño menor que el original. Ya en su taller, pintaría seis copias a tamaño natural sobre madera de álamo, procedente de un mueble italiano de la misma época que el cuadro original.
La segunda parte del plan consistía en asociarse con un italiano que había trabajado en el Louvre y conocía todos sus rincones. Sí. No era otro italiano. Era mi cicerone don Vincenzo Peruggia.
De esta manera, un domingo por la tarde se trasladaron al museo y se escondieron en un ropero. El lunes el museo estaba cerrado al público, pero los empleados, vestidos con una simple bata blanca, trabajaban, entre otras cosas, en trasladar obras al cuarto de fotografía. Por la mañana, los ladrones se vistieron con bata blanca, descolgaron tranquilamente el cuadro y lo llevaron cerca de una salida, allí, le quitaron el armazón, marco y cristal, que pesaban unos 88 kilos, Valfierno se escondió la tabla bajo la bata, y esperaron que pasara por allí el sereno. Le pidieron que les abriera, y salieron. El portero del patio estaba durmiendo la siesta, así que no hubo demasiados problemas.
La noticia no trascendió hasta el día siguiente, es decir el martes. Para entonces, el original estaba en manos del tano, mientras que Valfierno y Chaudron se dedicaron a vender, en los Estados Unidos, todas las Giocondas falsas, aprovechando el suceso del robo que ellos habían provocado.
La obra apareció en 1913, cuando Peruggia la ofreció por medio millón de liras a un marchante florentino, con la sola condición de que fuera expuesta en los Uffizzi. Al comprobar la autenticidad de la obra, escondida en el doble fondo de un maletín lleno de ropa interior, el marchante avisó a la policía, que recuperó la obra. Peruggia afirmaba que la Gioconda había sido sustraída al pueblo italiano por Napoleón, por lo que su robo estaba justificado y era un acto de justicia. Fue condenado a una breve pena de cárcel que ni siquiera cumplió.

Relato de Andrés Aldao

ENTONCES ENTRARON ESOS HOMBRES¹ por Andrés Aldao
Este fue uno de los relatos que nos regaló Andrés cuando durante su visita a Mar del Plata nos reunimos en Fray Mocho-librería- café- y que anudó la garganta los presentes.

Siempre me acuerdo de mi mamá se preocupaba por alcanzarme el tazón de leche ponerme el guardapolvo bien arregladito porque decía mi mamá que la limpieza de afuera muestra la limpieza de adentro y la verdad que yo no sé muy bien que quería decir mi mamá con eso pero si ella lo decía tenía que ser muy importante y mi papá también la escuchaba a ella porque mi mamá es la que nos decía a nosotros lo que teníamos que hacer y mi hermanita Celia y mi hermano Juan y mi papá siempre le hacíamos caso porque mi mamá sabía de todo y se ocupaba de nuestras necesidades y de la comida y de la ropa y de nuestros juegos y si salíamos a pasear también mamá nos decía cómo vestirnos y no te pongas esa corbata Atilio (que es mi papá ¿saben?) porque no combina con el traje y a mi hermanita no la dejaba ponerse el vestido con encaje que le regaló la abuela Sara que es la mamá de mi mamá en el cumpleaños de Celita y cuando un día le pegué al Beto porque me dijo "uruguayo muerto de hambre" fue mi mamá al colegio porque la maestra la mandó llamar y me pusieron en penitencia y también mi mamá me puso en penitencia en el rincon y no me dejó ver la tele me acuerdo que me chilló y me dijo che botija sos un peleador y al ratito se ablandó y dijo “ta ta” andá nomás y yo pensé qué buenaza que es mami y esa noche se lo contó a papá que se puso a reír y le dijo a mamá pero dejalo al botija que aprenda a ser hombre y ese domingo papá me llevó a la cancha de Atlanta pero ésta no es la camiseta de Peñarol ya lo sé hijo pero no estamos en Montevideo y me compró maníes y esa noche mamá nos dijo hoy comemos como si estuviéramos en Andes y la 18 y nos preparó chivitos y después nos mandó a dormir mamá nunca estaba cuando volvíamos de la escuela porque trabajaba en lo de la señora Silvia y mi hermano nos calentaba la comida y todos los días mamá preguntaba ¿comieron todo? ¿estaba rico el arrocito? y me acuerdo el día ese que volvimos y mamá estaba en casa y le preguntamos por qué no fue a trabajar y mamá nos dijo fui pero algo pasó en la casa de la señora Silvia porque estaba llena de policías y yo me asusté y volví para casa bueno vengan a comer y esa noche nos fuimos a dormir temprano y papá y mamá hablaron en voz baja parecían asustados y a los ojos de mamá los vi llorosos y no me acuerdo más y entonces entraron esos hombres y rompieron los muebles y le pegaron a mi papá y a mi mamá que gritaba no se por qué ¡socorro, suéltenme por Dios! la tiraron al suelo y la pateaban y yo y mis hermanitos nos pusimos a llorar y se los llevaron y no los vimos nunca más a mi mamá y a mi papi… y después nos vino a buscar la abuela Sara y nos quedamos con ella y yo ahora estoy aquí solo separado de mis hermanitos y de mi abuela que a veces me viene a visitar con Juancito que tiene unos bigotes como de hombre y Celia con los labios pintados y tacos de señorita ellos están tan grandes y yo no sé porqué me quedé chiquito y ellos no… sí, siempre me acuerdo de mi mamá… y entonces entraron esos hombres…■

Este relato pertenece a :Cuentos desde lejos .

28 de febrero de 2009

HOMENAJE A JULIO CORTAZAR A 25 AÑOS DE SU MUERTE

Carta al Cronopio Mayor


1984. 12 de febrero. La piel me arde después de todo un día de sol.

En París nieva. A la noche una voz me informa: murió Julio Cortázar. Y se me congela la respiración. Como si estuviese corriendo por las calles heladas de París hacia el Hospital Saint Lazare para estar junto a La Maga, Talita, Manuel y los Cronopios.

Con Cortázar se va un pedazo de adolescencia fascinada por los fuegos literarios y toda la pasión política.

Julio, el Cronopio Mayor , mira la vida como por un caleidoscopio al revés. Se va a París en 1951 y se pasa mirando al Sur. Nadie como él recupera la magia porteña. Y pocos como él se comprometen por la liberación americana. Apoya la Revolución Cubana, acompaña al Chicho Allende en Chile.


En 1973 está en Buenos Aires y dona los derechos del LIBRO DE MANUEL para los movimientos y organizaciones políticas argentinas. Dirige talleres de poesía en Nicaragua, la tan violentamente dulce. Durante la dictadura se prohíben algunos de sus libros y él escribe ARGENTINA ALAMBRADA CULTURAL. Su casa de París es un punto de referencia para todo sudamericano exiliado.

Ama como vive. Incendiándose. En 1982 muere de cáncer su última compañera: Carol Dunlop. Él sabe que también está enfermo. Que la muerte lo espera. Y como un elefante sabio viene a despedirse.

1983. Plena primavera democrática. Julio, Cronopio Mayor, gestiona una entrevista con el presidente Alfonsín. La respuesta no llega. Julio está con amigos. Camina la calle Corrientes. Acompaña a Las Madres un jueves de Plaza de Mayo. Después se va. Después se muere. Un 12 de febrero de l984. En un París nevado. Y algunos lloramos escuchando un cassette en el que Julio lee, con voz gutural: _ “estoy en París, tengo puesto un polo negro, afuera nieva…”.

Pero Julio, Cronopio Mayor, no te cansaré con mas palabras, juguemos a que te susurro: nubes, rayuela, autopista, Ché, crepúsculo, fuegos, revolución, utopía, y vos… vos sonreís.


Silvia Loustau

De Cronopios y de Famasde Julio Cortazar (1914-1983)


Recordando al Cronopio Mayor.-

Tema para un tapiz

El general tiene sólo ochenta hombres, y el enemigo cinco mil. En su tienda el general blasfema y llora. Entonces escribe una proclama inspirada, que palomas mensajeras derraman sobre el campamento enemigo. Doscientos infantes se pasan al general. Sigue una escaramuza que el general gana fácilmente, y dos regimientos se pasan a su bando. Tres días después el enemigo tiene ochenta hombres y el general cinco mil. Entonces el general escribe otra proclama, y setenta y nueve hombres se pasan a su bando. Sólo queda un enemigo, rodeado por el ejército del general que espera en silencio. Transcurre la noche y el enemigo no se ha pasado a su bando. El general blasfema y llora en su tienda. Al alba el enemigo desenvaina lentamente la espada y avanza hacía la tienda del general. Entra y lo ira. El ejército del general se desbanda. Sale el sol.

Conducta de los espejos en la Isla de Pascua

Cuando se pone un espejo al oeste de la Isla de Pascua, atrasa. Cuando se pone un espejo al este de la Isla de Pascua, adelanta. Con delicadas mediciones puede encontrarse el punto en que ese espejo estará en hora, pero el punto que sirve para ese espejo no es garantía de que sirva para otro, pues los espejos adolecen de distintos materiales y reaccionan según les de la real gana. Así Salomón Lemos, el antropólogo becado por la Fundación Guggenheim, se vio a si mismo muerto de tifus al mirar su espejo de afeitarse, todo ello el este de la isla. Y al mismo tiempo un espejito que había olvidado al oeste de la Isla de Pascua, reflejaba para nadie (estaba tirado entre las piedras) a salomón Lemos de pantalón corto yendo a la escuela, después a Salomón Lemos desnudo en una bañadera, jabonado entusiastamente por su papá y su mamá, después a Salomón Lemos diciendo ajó para emoción de su tía Remeditos en una estancia del partido de Trenque Lauquen.

( De : Historias de Cronopios y de Famas)

6 de enero de 2009

Selección de los últimos textos de Alejandra Pizarnik


Alejandra Pizarnik (1936-1972) - Textos de Sombra

Hallados en una carpeta, en una libreta y hojitas sueltas fueron hallados, después de la muerte de Alejandra, ocho textos, bajo el nombre de Sombra o Textos de Sombra .Estos manuscritos permiten suponer que la poeta pensaba en un libro único con este título y un personaje Sombra. Una nota de 1972 en otra libreta menciona Sombra, Casa de Citas y Sala 18 , como textos separados sobre los que trabajaba. De dichos trabajos presentamos una selección para los lectores del blog.Silvia Loustau

S/T

¿Quién es yo?

¿Solamente un reclamo de huérfana?

Por más que hable no encuentro silencio.

Yo, que sólo conozco la noche de la orfandad.

Espera que no cesa,

pequeña casa de la esperanza.

S/T

sólo vine a ver el jardín.

tengo frío en las manos.

frío en el pecho .

frío en el lugar donde en los demás se forma el pensamiento.

no es éste el jardín que vine a buscar

a fin de entrar, de entrar, no de salir.

por favor, no creas que me lamento.

si comprendieras la voluptuosidad de comprobar.

me amaron, a lo menos eso dijeron.

muchos me amaron porque no soy parecida ,más que a mí

y por otros imponderables mas bellos que la sonrisa de la

(Virgen de la Rocas.

yo, ahora, creo amar y me siento acabada, epilogada.

¿ cómo aprender los gestos primarios

de las pasiones elementales?

No me consuela.

Prefacio de Sombra*

La hija de la voz la poseyó en su estar, en su ser, por la tristeza.

Los pequeños pájaros ponzoñosos que se abrevan en un agua negra

donde se refleja la maravilla, son sus animales, son sus emblemas. A un tiempo mismo busca calentar su corazón suplicante.

Los perros nocturnos: otro llamamiento.

¿ Quién conoce mi humor hiriente ´? Desde mi libro aullante “ alguien mata algo”.

Nadie me enciende ninguna lámpara, nadie es del color del deseo más profundo.

*Figura en carpeta con poemas sección “ Acabados”.

Texto de Sombra

Quiero existir más allá de mí misma: con los aparecidos

Quiero existir como lo que soy : una idea fija. Quiero ladrar, no alabar

el silencio del espacio al que se nace.

TREBOLAR de Eduardo Boranski - Mar del Plata

Lo he invitado a este primer número del año porque as además de compartir la ciudad marina, su prosa es , a veces, una imagen , casi un cuadro. Silvia Loustau


He llegado. El tiempo que prolongó la espera ya se ha muerto. Y estoy aquí en plenitud. Cansados mis pasos por las piedras del camino, apresuraron la marcha rumbo a la pradera que los ojos intentaban horadar.Los seis caballos blancos que me siguen como perros juguetones sin bridas visibles, advierten el ansiado arribo. Por ahora sólo dos conocen el camino, tres lo ignoran y el restante, de crines generosas, lo intuye. Los primeros sienten la pradera, uno la ve y ha visto todo; otro la oye y el susurro lo pulsa en son de vida. Yo traspongo las fronteras que separan las piedras del mar vegetal. Más cerca, la pradera se muestra como lo que en realidad es y hasta hace unos instantes ocultaba pudorosa: un trebolar. Crines Largas describe sus percepciones, y los corceles que estaban ignorando, de pronto conocen. Los animales corretean, el trebolar los recibe, y yo, adentrándome en el verde que me cubre, intento hallar la hoja faltante. Hurgo, y mis manos sienten – y todo mi. cuerpo siente – millares de gotitas verdes de rocío que parecen brotar a mi involuntario llamado. Hundo mi rostro en los tréboles, siento que mis caballos están presentes –pero no lo veo -, se que el viento nace del ondular de las hojas. Después, la luz intensa que me arrebata termina siendo un cielo claro donde las estrellas, exploradoras perpetuas de la noche, son trozos de mi, nacidos del hallazgo de una paz compartida, en la que volvemos a engendrar el tiempo.

LA FEA de ESTER MANN



Elegí que un relato de Ester Mann nos acompañara en este primer número del año porque además de ser una excelente relatora, con un estilo propio, sus temas son un espejo de la vida. Ester vive en el exilio desde 1975 . Tengo el orgullo de compartir con ella la Mesa de Redacción de Artesanías Literarias, dirigida por otro amigo del blog: Andrés Aldao.



Era la fea.... Aunque tenía sus encantos: los ojos, el pelo, una buena figura....Pero era muy baja. Eso impedía calibrar su elegancia, su gusto en el vestir, sobre todo comparándola con su hermana mayor, que no sólo era alta sino que tenía esa piel blanca tan apreciada en aquellos tiempos. La altura y la palidez disimulaban la vulgaridad de la hermana. Las alabanzas de padres, amigos y parientes no le dejaban a ella, a la fea, ninguna posibilidad de dudas: ella era la deslucida, la que debía buscar la forma de ganarse el amor y la admiración de la gente. Siempre trabajó duro, primero en la escuela, obteniendo las mejores notas, luego en el trabajo...Pero en esos tiempos una mujer, una niña inteligente no traía más pan a la mesa... Tampoco trabajar rudamente aseguraba un buen pasar, la única posibilidad de salir de la miseria era un buen casamiento y para eso servía la belleza.

Siempre esperando la aprobación de sus padres, sin juzgarlos, aceptando las injusticias como un fenómeno natural, como la lluvia o el hambre. A pesar de todo, tuvo varios admiradores, muchachos que querían casarse con ella, serios, trabajadores, pobres...

Claro que no podía aceptarlos hasta que la mayor se casara... Así era entonces: primero se debía casar la mayor. Si la siguiente desobedecía ese código, condenaba a la mayor a la soltería. Y eso era la peor desgracia concebible. Estaba descartado.

Por eso ella seguía trabajando, dándole todo su sueldo a la madre; a la madre, que ahorraba para el ajuar de su hermosa hija mayor... La fea, contra toda lógica, creía en el amor. Por eso no se preocupaba por sus pretendientes. No los amaba y sabía que ellos tampoco estaban enamorados de ella. Simplemente, era un buen partido para un muchacho modesto: trabajadora, constante, buena ama de casa, ahorrativa. ¿Qué más podía pedir un hombre pobre?

Siempre tuvo que luchar. Lidiar para conseguir cada pequeña cosa en su vida se convirtió en su segunda naturaleza. Arrancarle a sus padres unas monedas para hacerse un vestido (esas monedas que ella misma había aportado a la economía familiar), conseguir un aumento de sueldo, casarse...Todo fue lucha, discusiones, silencioso llanto por las noches...

Un exagerado sentido de la justicia, del honor, se desarrolló en esa niñez y creció en la torturada adolescencia. Ella quería justicia y respeto a su alrededor. Lo que no había recibido de sus padres lo reclamaba de su novio y de sus amigas, de sus hermanas.

Pero quien dijo que el mundo es justo? No era justo que los padres la aprovecharan, que su hermana mayor la usara y que la hermana menor la despreciara. No era justo que sus patrones explotaran su buen gusto pagándole igual salario que a las demás costureras, no era justo que su novio, al que amaba, su novio, el único en el mundo que le demostraba su cariño, aprecio y respeto, estuviera enfermo.

Tenía que elegir entre una corta vida de amor y sacrificio o una larga vida de bienestar

sin amor. No hubo ninguna duda. El sacrificio no era una idea, era su vida diaria. Durante diez años vivió con abnegación su amor. Hasta el fin, hasta que “la muerte los separó”.

Despues de la muerte de su amado, quedó la lucha por la subsistencia, el trabajo, la terquedad de seguir viviendo y mendigando de su familia la ternura que nunca le dieron.

Sus exigencias de amor, respeto y estima eran tan enormes que la gente se le resistía. Todos pensaban que era una buena persona, pero no podían conservar su amistad a lo largo del tiempo. Nadie osaba decir algo en su contra, pero no le concedían su intimidad. Hasta su hija siempre temió entregarse a ella por miedo a ser tragada, borrada.

Sus amigas le temían. Sus críticas eran implacables...y siempre había críticas...

Finalmente, sus padres, sus hermanos, toda su familia fue muriendo. Ella, la fea, la desgraciada, la pobre infortunada, sobrevivió al resto, única de su generación.

Aún en su vejez continúa pensando en su niñez, en sus padres, en los motivos que tuvieron para comportarse con ella con tanta frialdad e invertir todo su amor en la hermana mayor. Pero sabe que pagaron el precio de sus errores: la hermosa fue un fracaso y no les dió satisfacciones, no supo elegir y vivió una vida mezquina y pesada. Nunca agradeció a su familia los sacrificios que hicieron por ella ni les demostró cariño.

Solo la fea cuidó y protegió a sus padres hasta el día en que murieron. Y hasta hoy, cuando todos los protagonistas de esta historia son sólo polvo olvidado, en los últimos años de su larga vida, sigue recordando con orgullo —como si aún tuviera diez años- su conducta de hija ejemplar. Y aún espera que su madre le diga, con ternura: “fuiste la mejor de mis hijas!”.

2 de diciembre de 2008

Aserrín...Aserrán - Capítulo 14 - Novela de Andrés Aldao


Patria y padre tienen la misma raíz etimológica. ¿Es sólo una coincidencia que vibre en el autor ese profundo sentimiento, ese arraigo hacía ambos, que a su vez sufra con desgarro la pérdida de los dos? ¿Y que los recupere a través de la palabra?.... Si bien a lo largo de esta tarea de estudio sobre Aserrín... Aserrán, hemos visto que el autor posee una multiplicidad de voces, de usos de la lengua, creo que este capítulo es el más poético .Quizá, como dice J.M.Pereño, lo poético acecha en lo escrito o lo dicho sin pretensión estética alguna. Autor orfebre, abre la memoria del corazón, el extrañamiento, la búsqueda tardía: Ahora... tan ávido de querer preguntarle, saber, escuchar… Ahora es tarde. Demasiado tarde.( De: El ensayo , El mundo de aserrín Aserrán , Silvia Loustau)
14. La dulce sombra querida



(10 de diciembre 1899 − 24 de diciembre de 1963)





La aguja sube y baja como el arco de un violín,

dos dedos la entrelazan y el tercero embiste a dedal;

la tela yace sobre la larga mesa,

y mientras el hilo hilvana con prolija perspectiva

una calle, una avenida, un bulevar o una cortada,

el maestro sastre, que trajo su arte

de la gran ciudad a orillas del Niemen,

proyecta, elabora sueños, diseña con la tiza,

recorta, cose con destreza

y la obra de arte está lista.

Un Durero, Cellini, Rodín de la aguja...

Artista, artesano, plasmó la estela de su arte.

Es la dulce sombra querida...mi padre.




Fue una relación de silencios, de insinuación y alusiones guardadas en miradas sigilosas, sin voces. Algún monólogo extraviado en largos minutos de espera. Una extraña expectación. Ensimismamiento y lejanía en su mundo, el mundo de la otra diáspora.

Hubo tiempos en que pasábamos horas juntos. Comentario de algún suceso de actualidad, una pregunta perdida en las horas del día. La respuesta mucho después, luego, más tarde. O jamás. Así era, escindido entre la mano que trabaja, la mente inundada de recuerdos, conflictos, y la soledad del Robinson diaspórico que ha naufragado en un inextricable silencio.

La tarea en común, el silencio en común, la renuencia a abrir el alma, en común, el deseo recóndito de que fuésemos compinches y revelarnos sensibles. Y la esperanza, callada, de poner la mano sobre el hombro, y el tal vez reprimido, pudoroso y cohibido abrazo entre un padre y su hijo. La ternura yacente, esculpida en el granito de la vergüenza, del no es de hombres...

Y aunque fumábamos la misma marca de cigarrillos, nunca nos convidábamos. Era como un acuerdo tácito, un intercambio de actos e ideas que no se consumaban, sugerencias a medio camino... No pedir, no ofrecer.

Su aislamiento era conmigo. Mi cortedad era con él. No me salía decirle te quiero mucho viejo. El sentimiento a flor de labio, encadenado, retenido, rebotando entre la orden del cerebro y la inhibición de la voz. La timidez, el recato. Jamás confesó... yo confieso tu confiesas él confiesa... amar a alguien.



Dejó la casa en la adolescencia y comenzó su largo periplo, el aprendizaje de la artesanía y la dureza de la vida, la recorrida por ciudades y aldeas en la extensa Rusia de los zares, la guerra en Europa, las correrías con sus pares, la revolución, el ejército rojo y la gorra con la estrella de cinco puntas, el campo de prisioneros en la Polonia de Joseph Pidulski, la huida y la inmigración.



Él hablaba, a veces. Pocas; hoy tan remotas. Ahora, tan ávido de querer preguntarle, saber, escuchar las anécdotas que fueron escasas y dispersas a lo largo de los años. Mas yo, el hijo, no preguntaba, callado... Con una vehemente y atribulada necesidad de saber. Ahora es tarde. Demasiado tarde.



La tradición y las nostalgias del emigrado, en tierra ajena... el padre. La compulsión del empedrado, la pelota de veinte guitas, las voces y el aquelarre de la ciudad que iba conociendo... el hijo. Dos mundos que van enfrentándose en la misma casa, compartiendo la pobreza, la diáspora de la América de uno, y el descubrimiento de la América y la urbe, el otro... Uno es el que inmigra y evoca la ciudad a orillas del Niemen, el otro es el nativo, el que tiene ante sus pupilas el mundo de la urbe de tango y funyi, la ciudad rioplatense envuelta en el lengue, la mina, que escucha extasiado la voz de Gardel murmurándole, pegado al asombro: Mi buenos Aires querida / cuando yo te vuelva a ver / no habrá más penas ni olvido. / El farolito de la calle en que nací...



Él hablaba, a veces. Fue el ejemplo. La conciencia de clase, el obrero fiel a sus camaradas, el que no se rinde, no se dobla no se quiebra. Tampoco ante la muerte... Lo llevo en el alma, me corre por las venas, su voz y su rebeldía son dos copias de un mismo tenor. Es mi escudo y mi bandera.



Ése era mi padre.

Porqué escribo..porqué leo


y qué es lo que vas a decir

voy a decir solamente algo

y qué es lo que vas a hacer

voy a ocultarme en el lenguaje

y por qué

tengo miedo.

Alejandra Pizarnik-Cold in blue hands


Cuando era muy pequeña tenía dos obsesiones. ¿Adonde se iba el tiempo? y ¿D ónde vivían las palabras? Mi abuelo, sabio y paciente, me dio la respuesta.En el fondo del mar existe una cueva, allí se iba el tiempo.Las palabras tienen una casa en el centro del espacio. Yo quería palabras vivas.Sonando como una melodía lila. Adueñarme de ellas. No las quería aplastadas, como mariposas, entre las hojas de los diccionarios.

Comencé a escribir en mi infancia. A leer muy temprano. La escritura y la lectura iban entramadas. Siguen estando entramadas.Ambas eran mi isla de Robinson.El espacio de libertad de una niña tímida y sensible.

Antes de llegar a la adolescencia sabía que quería ser escritora. Y lo decía.

Todos creían que sería una locura pasajera.

Al comienzo de la secundaría, ganados algunos Juegos Florales y guiada por dos de mis profesoras, creo que ya era consciente de este raro y complejo oficio de trabajar con las palabras. Trabajo personal. Silencioso. Solitario. Una manera de huir del mundo y sin embargo desnudarse ante él.Presumo ser en la poesía una Eva desnuda, porque el poema es capaz de aludir hasta a las sombras mas visibles y menos traidoras.

Escribir me empuja hacia la médula de los otros y de mi misma. Me aísla. Me exila, me vuelve extraña ante escalas de valores que no alcanzo a comprender.

Pero la palabra resucita. Salva.Todo escrito es hijo de la necesidad Necesidad de apagar la angustia, de ser inmortal por un momento.

Mi poesía está escrita con las mismas fibras que constituyen mi cuerpo y mis deseos, mis sueños y mis miedos.Escribir le da densidad a mi vida. Creo que escribo por imperativo de vida. Cotidianamente entro en la casa de las palabras y busco, escucho sus voces plañideras, esperando ser tomadas. Las elijo y las trasmuto, porque ser poeta es ser alquimista. En sucesivas destilaciones deseo que cuenten más allá de lo que dicen.

Escribir es caminar por intrincados jardines, lugares que deparan fulgurantes descubrimientos, pero también traen soledad.

Silvia Loustau