26 de agosto de 2008

Poetas de America - Delfina Acosta




Asunción, Paraguay, 1956. Su infancia y su adolescencia pertenecen a su patria chica, el pueblo de Villeta, donde cursó estudios primarios y secundarios.

Su primer poemario Todas las voces, mujer... obtuvo el Primer Premio "Amigos del Arte". En relación con este libro cabe mencionar que el mismo figura entre las mil obras más visitadas de la Biblioteca Virtual de Cervantes de España.

Integró durante mucho tiempo el Taller de Poesía "Manuel Ortiz Guerrero" dando a conocer algunas obras en publicaciones colectivas del mencionado Taller.

Publicó el poemario La cruz del colibrí, que lleva prólogo de la poetisa Gladys Carmagnola.

Reunió sus cuentos que obtuvieron premios y menciones en concursos literarios en el libro El viaje.

Su obra Romancero de mi pueblo mereció el segundo premio "Federico García Lorca".

Dio a conocer un poemario llamado Versos esenciales, dedicado a honrar la memoria del gran poeta chileno Pablo Neruda; dicho poemario obtuvo el Premio Pen Club del Paraguay.

Su último libro, que editó Portal de Poesía, lleva el nombre de Querido mío:, y ha ganado el premio "Roque Gaona 2004".

Sus obras ( cuentos y poesías ) están incluidas dentro de numerosas antologías nacionales y extranjeras.

Es columnista del diario ABC Color; hace comentarios literarios sobre las publicaciones de los poetas y narradores paraguayos y extranjeros, en el Suplemento Cultural del mismo diario.

ESTALACTÍTICO

Y cómo cuesta no ponerme triste

en esta tarde abierta al viento norte,

no replegar mis alas y sumirme

en las suaves olas de mi lecho.

Entonces, ya acostada, hacer memoria

de algún afortunado parpadeo,

mi calculada prohibición, mi airosa

tristeza alimentada con argento.

Y cómo cuesta no volver el rostro

en dirección al fresco de violetas,

y preguntarme en dónde he malogrado

los últimos temblores de mi sangre.

Hubiera sido justo que en la hora

exacta del hechizo, cuando terso

aún tenía el rostro tú amabas,

me hubiera vuelto yeso en la intemperie.

ELECTRA DUDA

Acaso esa mujer - creo haberla visto siempre -,

que me mira al modo mío

desde aquel inmenso espejo,

que viste mi traje azul

y lleva este pañuelo

de color dándole vueltas

en olas a los hombros

- parecía más contenta hace un instante -,

no soy yo.

¿Es posible dudar de los espejos?

¿Qué de la calóptrica y sus leyes?

¿Qué de las imágenes sensatas?

Años que llevo mirándome en sus rostros,

dudando seriamente de su fidelidad.

Anteayer el busto de Ifigenia, hija de Agamenón,

rey de Micenas y de Argos,

esta mañana Juana, abanderada y resuelta,

Virginia Woolf a la tarde, aterida de mar,

amamantando crustáceos.

Ahora, ¿ quién se atreverá a decirme

que esa mujer de enfrente

y sentada frente al espejo,

soy yo, setenta veces yo,

sin mirarse antes en él ?


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